Muretz, el grafitero empeñado en hacer de São Paulo una ciudad más divertida

Por las noches, Muretz sale con sus botes de pintura y se dedica a decorar las calles de su ciudad. Lo hace por diversión, por disfrutar del riesgo y por compartir sus mensajes con el resto de sus vecinos. Un generoso regalo que este brasileño realiza a su comunidad en aquellos ratos libres que le dejan su trabajo remunerado como dibujante.
Muretz comenzó a pintar desde muy joven. En la escuela, cuando todavía no había cumplido cinco años, se pasaba el día dibujando y, gracias a ello, descubrió que tenía un notable talento para hacer reír a la gente con sus dibujos y caricaturas.
«Me lo tomaba como una diversión. Incluso hubo épocas en que, aunque no abandoné el dibujo, lo cierto es que lo dejé en un segundo plano. Sin embargo, cuando las demás opciones profesionales comenzaron a mostrarse poco interesantes, empecé a considerar que el dibujo, o cualquier actividad creativa, podría ser un medio de vida».
Durante esa etapa de incertidumbre, Muretz había abandonado su Brasil natal para afincarse en Inglaterra. Entonces apareció un primer encargo que resolvería esas dudas: ilustrar una revista infantil. «Ganaba bastante dinero y empece a entender en qué consistía ser profesional de la ilustración pero, para entenderlo del todo, me apunté a un máster de ilustración en la Central Saint Martins».
Con el tiempo, además de mejorar su técnica, Muretz comenzó a desarrollar ese estilo propio tan necesario para destacar entre los demás profesionales del grafiti. En su caso, un dibujo basado en la sencillez, en el uso de muy pocos colores –porque «usar demasiados es muy aburrido, hay que llevar muchas latas y son muy difíciles de ver cuando pintas por la noche»–, y que, en todo caso, transmita una idea.
Muretz no soporta a los artistas vanidosos, preciosistas o aquellos que piensan que el arte es mera decoración. «La función del arte no es estar colgado de una pared», afirma, y en su caso es una gran verdad: sus trabajos en lugar de colgar de las paredes, las cubren por completo.
Cuando pinta paredes en la calle, Muretz lo hace gratis. Lo mismo sucede cuando pinta en el interior de algún local concurrido o por el que pasa mucha gente. Sin embargo, cuando alguien le pide pintar en su casa, para su disfrute privado, lo normal es que directamente no acepte el encargo.
Pintar en la calle no es sencillo y tiene más riesgos de los que podemos imaginar. Tanto en Gran Bretaña como en Brasil, aunque en cada lugar tienen diferentes maneras de solucionar las cosas.
«En Inglaterra el grafiti está muy prohibido. Si te pillan, vas preso por vandalismo y se acabó la discusión. En Europa hay que pedir permisos, y por eso los grafitis que se hacen allí están más planeados, mejor dibujados. Por ejemplo, Os Gemeos acaban de hacer un mural en Milán de 30 metros de altura que les debe haber llevado una semana de trabajo.
En Brasil, a pesar de que también es ilegal, si los dibujos se hacen rápidamente, el riesgo de ser descubierto es menor y, en todo caso, la policía suele hacer la vista gorda.
«Sin embargo, en varias ocasiones me han sorprendido y me han llegado a apuntar con armas. En una ocasión, estaba decorando una pared bajo un puente de la Marginal Pinheiros y llegaron dos policías apuntándome con los revólveres para asustarme. Llegué a ver la bala en el fondo del cañón. Me retuvieron, me preguntaron si era artista y, cuando les respondí que sí, el policía comentó “al que teníamos que detener entonces es a tu profesor, por enseñarte a dibujar esa porquería”. Todos nos reímos, los policías abandonaron el lugar y yo continué con el mural».
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Los dibujos a ritmo de rockabilly y jazz de Derek Yaniger

Cuando te paras a contemplar un dibujo de Derek Yaniger, en tus oídos resuena sin poder evitarlo un rock ‘n’ roll de los 50. Tu mirada se queda atrapada en la escena que protagonizan unos divertidos personajes que podrían habitar en una oficina de Mad Men, junto a exóticas bailarinas hawaianas con cocos en los pechos y faldas de hojas de palmera.
Derek Yaniger, nacido en Arkansas (EEUU), se siente fascinado por la estética beatnik y rockabilly de los años 50 y 60 americanos, así como por la cultura tiki. Todo su estilo mezcla ese mundo infantil de dibujos animados (sus personajes recuerdan estéticamente a los de Hanna-Barbera o la Pantera Rosa) y el lascivo mundo adulto. La música también está muy presente en su obra. Las viejas canciones que escucha mientras dibuja marcan el ritmo de sus personajes. «Trato de capturar esa energía en mi boceto inicial y mantenerla durante toda la pieza.
Yaniger empezó su carrera como ilustrador en publicidad, «pero aquello era un coñazo». Pasó también por Marvel y Cartoon Network, pero la experiencia tampoco le satisfizo y se cansó de dibujar para otros. Desde entonces, se metió de lleno en su mundo retro y publica asiduamente en revistas como Barracuda, Atomic, Car Kulture o Tiki Magazine. Acaba de ver publicado su tercer libro y es el diseñador de cabecera de destacados eventos retro como Tiki Oasis, Viva las Vegas o Wild Weekend.
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Antes del manga, Yoshitoshi era el amo de la ilustración japonesa

En el sintoísmo y la mitología japonesa, Tsukuyomi es el dios de la luna. Hermano de Amaretuasu, la diosa solar, los géneros de ambos dioses son excepciones notables dentro de la cosmovisión de los pueblos, que tienden a darle a Lorenzo el carácter masculino y a Catalina el femenino. Ambas deidades nunca están juntas, creando el ciclo del día y la noche, debido a que Amaterasu se enfadó con su hermano por matar a Ukemochi, la diosa de la comida.
Tsukuyomi es el testigo de excepción en la serie Cien aspectos de la luna, que el grabador japonés del siglo XIX Tsukioka Yoshitoshi creó al final de su vida y que fueron publicados por el editor Akiyama Buemon en Tokio. Sans Soleil acaba de editar una versión en castellano de esta obra que recoge una serie de acontecimientos que marcan la cultura japonesa.
«Es una especie de enciclopedia visual de los aspectos más notables de la cultura clásica japonesa», con una «variedad temática desbordante, con personajes religiosos, políticos, militares, literarios y mitológicos», explica David Almazán, profesor del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza y editor de la edición en castellano.
La técnica de grabado usada por Yoshitoshi es el ukiyo-e, una forma de xilografía que podría traducirse como pinturas del mundo flotante que tuvo gran importancia durante el periodo Tokugawa (1603–1867). Su notoriedad, explica Almazán, fue una consecuencia del desarrollo editorial japonés y de las clases medias.
«Una población que mayoritariamente sabía leer y que vivía concentrada en grandes urbes es, sin duda, un buen mercado para el negocio de la literatura de ocio. Las novelas se vendían mejor si estaban ilustradas, así que floreció un próspero negocio de ilustración de libros, que pronto derivó en la creación de estampas independientes».
Era un producto de consumo como el manga actual, de venta en kioscos y no en galerías de arte, sin pretenciosidad pero con gran calidad gráfica. Su temática iba desde la alta cultura hasta la sátira, pasando por la pornografía o el belicismo. Apreciado por las clases medias, no se consideraba parte del gran arte que disfrutaba la cumbre de la pirámide social japonesa.
«Ninguno de los artistas del ‘ukiyo-e’ ganó grandes cantidades de dinero y todos llevaron vidas bastante humildes y sin reconocimiento oficial debido a su bajo rango social», cuenta. «Por eso sorprendió mucho en Japón que los artistas más valorados en Occidente no fueran los grandes pintores de la tradición culta, sino los autores de las estampas ‘ukiyo-e’, como Utamaro o Hokusai».
El Japonesismo es como se denomina a la influencia de este tipo de grabado en pintores y artistas impresionistas. Édouard Manet, Edgar Degas, Claude Monet o Toulousse-Lautrec son solo algunos de los grandes nombres que coleccionaron estas estampas, que llegaban a occidente gracias a la apertura al exterior que trajo a Japón la restauración Meiji. La claridad de la línea, el espacio compositivo y la fuerza del color impactaron en el desarrollo del arte occidental.
Yoshitoshi, el autor, es definido por Almazán como «el más genial de los artistas del grabado japonés de la segunda mitad del siglo XIX por su gran habilidad para el dibujo y su gran imaginación» y el «último maestro del grabado japonés». La modernización del siglo XX, con sus técnicas de impresión, achicó el espacio del grabado ukiyo-e. Este pasó de objeto de consumo de masas a elemento de prestigio para los coleccionistas. Un camino que una parte del arte popular suele transitar.
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